La meditación se emplea desde hace más de
3.000 años. Durante mucho tiempo se consideraba una práctica reservada
a los budistas, a seguidores de filosofías como el zen o incluso a
personas con un cierto toque esnob. Sin embargo, la lista de adeptos ha
ido creciendo en los países occidentales en los últimos años hasta
alcanzar una cifra que ronda los 10 millones en EEUU.
Estas
personas, lejos de tratarse de fieles religiosos, son profesionales de
todo tipo agobiados por el estrés, pacientes a los que sus médicos
recetan unas sesiones de exploración interior para mejorar o prevenir
el dolor o individuos interesados en profundizar en sí mismos y
aprender a manejar sus emociones. Los estadounidenses pueden acceder a
cursos o sesiones de meditación en los colegios, los hospitales, en
instituciones oficiales y prisiones. En España existen centros donde se
pueden aprender diferentes técnicas, pero está todavía lejos de ser
considerada una herramienta terapéutica.
El
interés de los científicos por la meditación comenzó hace ya algunos
años. En las décadas de los 60 y los 70 se había demostrado que el uso
de estas técnicas proporcionaba una extraordinaria concentración. Un
profesor de medicina de la Universidad de Harvard (EEUU), Herbert
Benson, a través de sus investigaciones llegó a la conclusión de que la
práctica milenaria contrarresta los mecanismos cerebrales asociados al
estrés.
Sin
embargo, el verdadero salto, y sobre todo su divulgación masiva, han
llegado de la mano de una colaboración muy peculiar. El decimocuarto
Dalai Lama, Tenzin Gyatso, ha puesto a disposición de los
neurocientíficos occidentales su cerebro y el de sus monjes. De este
modo, los religiosos se han visto con el cráneo repleto de electrodos
de los sensibles instrumentos de que se dispone en la actualidad para
fotografiar lo que ocurre en sus redes neuronales cuando practican la
meditación.
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