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Andanzas zen de un programador informático

Por Roberto Moreno - 21 de Marzo, 2007, 9:08, Categoría: Budismo




El siguiente extracto está tomado del libro "Las claves espirituales del éxito" (Integral 2001).
Trata de como un informático se inició en el mundo de la meditación zen y acabó ordenándose como monje.


¿Quién soy?

Me llamo Les Kaye.
Acabé mis estudios de ingeniería informática.
Justo después empecé a trabajar para IBM como programador y experimentador de los revolucionarios disquetes magnéticos para almacenaje de datos.
Más tarde me encargué de una sección de ventas en la misma compañía.
Toda mi vida laboral he estado vinculado a la misma empresa, en total 32 años.
Me jubilé en 1990.

¿Cómo me vinculé con la práctica?

A partir de 1970 mi compromiso con la práctica era irrevocable.
Sentarme en zazen como primera actividad matutina se ha convertido en algo natural y espontáneo, en el acto definitorio de mi día.
Si no empiezo el día así, echo en falta una vitalidad inconfundible.
Incluso en los viajes de negocios tomo un cojín de la cama del hotel, me envuelvo en una manta y me siento durante una hora antes de ponerme la camisa blanca y el traje e ir a desayunar a una cafetería.

Este tipo de práctica me lo ha legado por mi maestro, Suzuki-roshi.
Consiste en mantener una sola postura física, erguida e inmovil y la mente alerta a través de una respiración consciente continuada.
Es extraordinariamente sencillo, aunque también es igual de profundo.

¿Qué siento por meditar en zazen?

A veces lo único que puedo decir de mi experiencia es que el zazen me otorga confianza y generosidad, paciencia y esmero a través de un modo sutilmente diferente de ver el mundo.

Me identifico completamente con esa expresión de espiritualidad universal.
Tengo la sensación de que he vuelto a casa.

¿Cómo aprendo zazen?

El zen me anima especialmente en la importancia que da al descubrimiento de la sabiduría innata.

Recuerdo a este respecto la anécdota de mi maestro con un joven inglés que apareció en nuestro centro de meditación cierto día.
Se llamaba Grahame Petchey.
Después del zazen matutino le dijo al maestro:

“Me interesa aprender zen. ¿Puedes enseñarme?”

El maestro respondió:
“Vuelve mañana por la mañana y te lo explicaré.”

A la mañana siguiente no le explicó nada.
Tras unos tres meses de espera, Grahame preguntó otra vez y Suzuki-roshi respondió:

“También nos sentamos por las tardes. Por favor, ven.”
Nunca hubo una contestación directa a la pregunta.


¿Cómo se reconcilia el zen y el trabajo en nuestro mundo actual?

Yo quise practicar con una actitud y con un espíritu de alta determinación y sin expectativas.
Pero comencé a pensar en el futuro.
¿Cómo podía seguir ofreciendo a los demás la práctica que había descubierto en un barrio residencial?
Sentía las fuerzas necesarias para mezclar lo mejor de mi país con aquella práctica espiritual viva y compasiva.
Empecé a considerar la posibilidad de convertirme en un monje zen.
Me sentía atraido por mi maestro y me conciencié de la profundidad de su expresión de paciencia y de bondad.
Sus maneras sosegadas y naturales me confirmaban que esas cualidades eran propias e innatas de cualquier ser humano.
Quería saber cómo él lo había conseguido; queria absorber su forma de ser y de estar en el mundo.
Y era consciente de mis limitaciones.
Tenía serias dudas sobre mi capacidad para convertirme en uno de los discípulos de Suzuki-roshi y de unos de sus posibles sucesores.
Y eso se basaba en mi imagen personal:
me veía demasiado lógico, impaciente y proclive a la crítica.¡ Qué lejos estaba de su sosegada vía de aceptación total!

¿Ser monje zen?

Yo quería convertirme en monje zen, pero tenía dudas.
Mis dudas iban dirigidas también a cuestionarme sobre la sinceridad de mi deseo de ordenarme monje.
¿No sería una manera de ganarme autoestima?
Con dolor me di cuenta de que en realidad me complacía la idea de ser reconocido como monje.
Estaba apareciendo mi ego.
Esas dudas me persiguieron durante meses.
Poco a poco me di cuenta de que estaba siendo demasiado autocrítico y desarrollaba negligencia respecto a la práctica.

Al final llegué a entender que no era imprescindible ser perfecto.

Al final lo importante era seguir practicando con decisión, aceptar mis tendencias personales y esforzarme porque éstas no envenenaran mis circunstancias ni mis relaciones personales.
No sabía lo que era ser un monje zen en los modernos Estados Unidos.

Nadie lo sabia realmente.
Yo solo sabia que quería ser monje, continuar cuidando de mi familia y conservar mi puesto de trabajo en IBM.

Quería expresar la práctica espiritual en la complejidad del día a día.
Me preguntaba íntimamente:

¿Era realmente compatible alcanzar el verdadero espíritu de un monje zen, viviendo en una zona residencial y trabajando en el mundo de la empresa?

En marzo de 1970 le expliqué a mi maestro mi deseo y después de preguntarme por qué, y sin darme ninguna respuesta, me indicó que mis ropas de monje llegarían de Japón en unas semanas.
De esta manera a la edad de 37 años iba a ser un monje zen estadounidense.
Por fin podría averiguar cómo se podía conjugar la espiritualidad en el trabajo, en la casa y en las instituciones sociales.
Yo creí que sería importante realizar un periodo de aprendizaje de la vida monástica.
Para ello me trasladaría al templo Tassajara en Japón.
Mi mujer me animó, aún a pesar de quedarse sola con los niños de 8 y 5 años.
IBM me concedía una excedencia.
Me quedé impresionado con la actitud de la empresa, que daba permiso a uno de sus jefes para que fuera a un monasterio zen.

¿ Mi experiencia en el monasterio Tassajara?

Fue en otoño del 1970.
El responsable del templo era extremadamente rígido sobre la disciplina y la organización.
Permanecer despierto tras un día largo y frío era un desafio constante.

Las cabañas y los dormitorios carecían de calefacción.
El viento penetraba fácilmente por las grietas de las paredes.
Tener que adaptarme a un estilo de vida austero me sirvió para darme cuenta de lo apegado que estaba a las comodidades de mi casa y a mi estilo de vida de clase media.
Prescindir de ellas no fue fácil.
Confinado en la vida monástica diaria, con trabajo físicos, práctica de meditación y estudio de textos, mi mente fue tramando una decepción:
sentía la necesidad de explicar a quien fuera la importancia de mi trabajo en IBM.
Fue muy relevante y desesperante comprobar que a todos les traía sin cuidado; la importancia era una invención mía, un producto de mi imaginación.

Poco a poco fui comprendiendo la clave de la cuestión.
Mi mente tardó varias semanas en asentarse durante los trabajos y el zazen.
Poco a poco la mente pudo ser consciente del canto de los pájaros, del viento entre los árboles, del murmullo del río y del interminable flujo de emociones.
La etapa de práctica monástica fue intensa.
No había forma de huir de las ilusiones que surgían , no había lugar para las comodidades o para las distracciones del ocio.
Gracias a las dificultades, mi experiencia en vida monacal fue vital para comprender la naturaleza de los deseos humanos y mi apego por ellos.


¿ Cómo conseguí sobreponerme a los dolores físicos?

Sentía un dolor intenso en las rodillas.
Los pulgares y las puntas de los dedos no se me descongelaban hasta mediodía.
Pero poco a poco, conforme mi testarudez iba cediendo, conforme mi mente se dejaba ir, mi mente dejó de preocuparse por el frío y la incomodidad física.
Qué gran regalo constatar que un dolor de rodilla no tiene por qué ser un dolor en la mente; que la mente crea su propio dolor al negarse a aceptar el dolor en la rodilla.

Una mañana tomé conciencia de que durante el zazen mi rostro adoptaba un rictus de calma y una leve sonrisa se dibujaba en él.
Cuando las imágenes mentales de mí mismo se desvanecieron en mi mente, la práctica de sentarme se tornó más natural.
Al mes y medio de mi estancia allí, llegó un mensaje de San Francisco:
la ceremonia de mi ordenación tendría lugar en dos meses en el mismo San Francisco.

¿Cómo fue la ceremonia?

Unas cincuenta personas asistieron al Zendo.
Mi madre llegó quince minutos después del comienzo.
Con la sala abarrotada, estaba nerviosa.
Que su hijo de mediana edad, de clase media, buen padre de familia, con un buen trabajo, una bonita casa y un futuro prometedor... con todo eso, estuviera a punto de sumergirse en un misterioso mundo religioso, escapaba a su comprensión.
Estaba convencida de que estaba tirándolo todo al traste.
No podía ocultar su ansiedad.
Muy amablemente Suzuki-roshi se le acercó, le puso una mano sobre el hombro y le dijo:
“Ha llegado el momento oportuno.”

Unos pocos meses más tarde recibí una llamada de Suzuki-roshi para que fuera a verlo inmediatamente con el atuendo de monje.
Durante el último año había estado enfermo, con síntomas similares a los de un refriado.
En la cama, nada más llegué me dijo:
“Tengo cáncer.”
Me dijo:
“¿Tienes alguna pregunta?”

Sin pensarlo me salió:
“A la orilla del océano vemos romper las olas.
Desde lejos, el mismo vasto mar está en calma.”


Cerró los ojos y con aspecto muy cansado, dijo:
“ Es precisamente eso.”
Murió en diciembre.



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