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Nicholas Roerich

Por Roberto Moreno - 11 de Febrero, 2007, 20:03, Categoría: Cultura

Hoy quería hablaros de un personaje enigmático, desconocido y fascinante del que poco se sabe. Su vida y su obra son muy ricas en vivencias y arte y su legado es bastante  enriquecedor y hermoso. Nicholas Roerich  pintor, poeta, arqueólogo y viajero nació en San Petersburgo, Rusia, el 9 de octubre de 1874. Se casó con Helena Roerich, quien fue una mujer dotada de habilidades poco comunes, una pianista talentosa, y autora de varios libros, entre éstos Fundamentos del Budismo y una traducción al ruso de Doctrina Secreta de Helena Blavatsky. La recopilación de sus Cartas, en dos volúmenes, son un índice para la sabiduría, profundización espiritual, y consejos simples que compartía con una multitud de personas con las que mantenía correspondencia, tanto enemigos como amigos y compañeros de trabajo.
     Juntos, Nicholas y Helena Roerich fundaron la Sociedad Agni Yoga, la cual adoptó una ética activa que abarcaba y resumía las filosofías y enseñanzas religiosas de todas las eras. La obra de Nicholas Roerigh es bastante extensa y sus pinturas son de una belleza exquisita. Su biografía es extensa, pero su etapa mas enriquecedora, a mi juicio es la etapa en la que viajó a la India y en ella me centraré.

 En mayo de 1923, los Roerich se encontraban de camino hacia India, donde, en esa tierra siempre joven, rodeada por la nieve de los Montes Himalaya, buscaron dirigir sus pensamientos hacia lo Eterno.


I N D I A

     Los Roerich llegaron a Bombay en diciembre y comenzaron una gira por los centros culturales y lugares históricos, reuniéndose con científicos, erúditos, artistas y escritores indios por el camino. Para finales de diciembre ya estaban en Sikkim, en la ladera sur de los Himalayas, y es evidente por la rapidez con que llegaron a las montañas que los Himalayas era lo que realmente les interesaba.
     Comenzaron un viaje de exploración que los llevaría hasta el Turquestán chino, Altai, Mongolia y Tibet. Fue una expedición por regiones sin recorrer, donde planeaban estudiar las religiones, idiomas, costumbres y la cultura de los habitantes.
     Roerich escribió sobre esta primera Expedición por el centro de Asia en su libro El Corazón de Asia, y crea para el lector un recuento vivo de las maravillas de la región y su gente. Sin embargo, las imágenes no son tan vívidas como en las aproximadamente quinientas pinturas resultado de ese recorrido. En Kangchenjunga, El Sendero de Sikkim, Su Nación, El Gran Espíritu de los Himalayas y la serie «Los Estandartes de Oriente», podemos apreciar los conceptos filosóficos y las ideas que daban origen a las imágenes visuales, y el esplendor que el norte de la India le proporciona a la ambientación física.
     En El Sendero, la figura de Cristo muestra el camino a lo largo de un sendero tortuoso a través de los riscos y picachos de los Himalayas, una metáfora para los obstáculos peligrosos que confronta el viajero espiritual. Figuras y conceptos de las religiones orientales aparecen en las pinturas; entre éstos son importantes las imágenes del Señor Maitreya — el Mesías del Budismo --, el Kalki-Avatar de los Puranas, Rigden Jyepo de Mongolia, o el Burkhan Blanco de Altai; todos ellos descritos en leyendas en las que se les vincula con el Soberano de Shambhala, quien está «destinado a aparecer en la tierra para la destrucción final de lo malvado, la renovación de la creación y la restauración de la pureza» (citado de El Glosario Teosófico, de H.P. Blavatsky)
     El recorrido a veces fue arduo. Roerich nos cuenta que cruzaron treinta y cinco desfiladeros de catorce a veintiún mil pies de altitud. Pero éstos eran desafios para los que se sentía haber nacido, creyendo que el rigor de las montañas ayudaba al hombre a encontrar la valentía y desarrollar la fortaleza de espíritu. Y a pesar de los obstáculos, dondequiera que fueron, la creencia de los Roerich en el bien esencial de la vida y en la espiritualidad del hombre se reforzaba. La serie «Estandartes de Oriente» de Roerich, compuesta de diecinueve cuadros representando los maestros religiosos del mundo, Mahoma, Jesús, Moises, Confucio, y Buda, y los santos y sabios indios y cristianos, fue un testimonio de la unidad en el esfuerzo espiritual y las raíces comunes de la fe humana.
     Como contrapunto a estos temas, en las pinturas de Roerich está la imagen de la Mujer y su función predestinada en la era por venir, y podemos asumir que lo que Helena Roerich escribió a una amistad en 1937, refleja el punto de vista de Nicholas en sí: «La mujer debe darse cuenta de que ella contiene en sí misma todas las fuerzas, y en el momento en que se sacuda de esa hipnosis secular de su subyugación aparentemente legítima y de esa inferioridad mental, y se ocupe en una educación variada, podrá crear en colaboración con el hombre un mundo nuevo y mejor. El Cosmos afirma la grandeza del principio de la creatividad de la mujer. La mujer es una personificación de la naturaleza, y es esta naturaleza la que enseña al hombre, no el hombre a la naturaleza. Por lo tanto, ojalá que las mujeres entiendan la grandeza de su origen, y ojalá que se esfuercen por alcanzar el conocimiento.» (publicado en Las Cartas de Helena Roerich 1935-1939, vol. II)
     Nicholas Roerich representó las grandes deidades femeninas en pinturas como La que Guía, Madonna Laboris, y La Madre del Mundo. Este último concepto, equivalente a Lakshmi y Kali de India, es una de las imágenes de Roerich de mayor inspiración, interpretada con majestuosidad en tonos violeta y azul profundos. La contribución de Helena Roerich a la vida y trabajo de Nicholas no se puede sobreestimar. Su unión podría describirse mejor como una colaboración de vida en los campos del esfuerzo en común. Su filosofía, que incluía una ética de vida, era compartida por Nicholas y motivaba a éste en su trabajo y su vida. En algún momento al final de sus vidas, cuando se acercaba un aniversario, él escribió en su diario: «Cuarenta años, ni un año menos. En un viaje tan largo, enfrentándonos a muchas tormentas y peligros desde afuera, juntos vencimos todos los obstáculos. Y los obstáculos se convirtieron en posibilidades. Dediqué mis libros a Helena, mi esposa, amiga, compañera de viaje, inspiración. Cada uno de estos conceptos fue puesto a prueba en el fuego de la vida. Y en Petersburgo, Escandinavia, Inglaterra, América, y en toda Asia trabajamos, estudiamos, ampliamos nuestras conciencias. Juntos creamos, y no sin razón se dice que el trabajo debe llevar dos nombres: uno femenino y uno masculino.»
     Al final de su expedición principal, en 1928, la familia se instaló en el Valle Kullu a una altura de 6,500 pies, en las colinas al pie de los Montes Himalaya, con una vista magnífica del valle y las montañas a su alrededor. Aquí establecieron su hogar y el centro de operaciones del Instituto Himalayo de Investigación «Urusvati», el cual estaba organizado para estudiar los resultados de su expedición, y de las exploraciones que estaban por venir. Las actividades del Instituto incluían estudios en botánica y etno-lingüística, y la exploración de yacimientos arqueológicos. Bajo la dirección de Roerich, sus dos hijos, George y Svetoslav, establecieron una colección de hierbas medicinales, y realizaron amplios estudios en botánica y antiguos conocimientos médicos, así como en farmacopea tibetana y china.
     Al año siguiente, en un viaje de regreso a Nueva York para la inauguración del nuevo Museo de Roerich, Roerich planteó un tema que había estado preocupándole hacía años. Usando la Cruz Roja como ejemplo, propuso un tratado para la protección de los tesoros culturales tanto en tiempos de guerra como de paz: una propuesta que había tratado de promover sin éxito en 1914. Al consultar con abogados versados en leyes internacionales, redactó un Pacto, y sugirió que una bandera fuera ondeada en los lugares que estuvieran bajo su protección. Esta bandera se llamaría Estandarte de la Paz. El diseño del Estandarte muestra tres esferas rodeadas por un círculo, en rojo púrpura sobre un fondo blanco. De muchas de las interpretaciones nacionales e individuales, quizás las más comunes sean las de la Religión, Arte y Ciencia como aspectos de la Cultura, que es el círculo que los rodea; o la de los logros pasados, presentes y futuros de la humanidad resguardados por el círculo de la Eternidad. El símbolo puede verse en el escudo de Tamerlán, en joyas tibetanas, caucáseas y escandinavas, y en artefactos bizantinos y romanos. La imagen de la Virgen de Estrasburgo está adornada con el mismo. Puede apreciarse en muchas de las pinturas de Roerich, sobre todo en Madonna Oriflamma, en la cual la Mujer es representada como la portadora y la defensora del Estandarte. En este signo y en el lema que lo acompaña, Pax Cultura, está simbolizada la visión de Roerich acerca de la humanidad. Como escribió: «Unámonos. Usted preguntará, ¿en qué forma? Usted estará de acuerdo conmigo: en la forma más fácil, para crear un lenguaje común y sincero. A lo mejor en la Belleza y el Conocimiento.» Los esfuerzos de Roerich para proclamar este tratado dieron resultado, finalmente, el 15 de abril de 1935, con la firma de las naciones americanas — miembros de la Unión Panamericana — del Pacto Roerich, en la Casa Blanca en Washington. Este tratado aún está vigente. Muchos individuos, grupos y asociaciones alrededor del mundo continúan promoviendo el conocimiento del pacto, el estandarte, y sus principios fundamentales.
     Es en sus pinturas himalayas donde uno puede encontrar con mayor facilidad evidencias de su distinción espiritual y el sentido de misión que le guiaban para intentar las tareas que el mismo se fijaba. En estos cuadros se puede apreciar el sentido de drama, la urgencia de un mensaje por mandar o recibir, de un viajero que recibir, de una misión que realizar, un camino que recorrer. Las montañas altísimas representan las metas espirituales que la humanidad se debe fijar para sí misma. Roerich exhorta a la gente a buscar su destino espiritual y le recuerda su obligación de prepararse para la Nueva Era en que Rigden Jyepo reunirá su ejército y bajo el Estandarte de la Luz vencerá a la hueste de la oscuridad. Roerich el guerrero ya fue armado y montado; buscó alistar a su ejército para la batalla, y ordenó que sus petos portaran la palabra «cultura».
     La búsqueda del refinamiento y la belleza era sagrada para Roerich. Creía que aunque los templos y artefactos terrestres puedan perecer, la creencia que los trae a la vida no muere, sino que forma parte de la corriente eterna de la conciencia — las aspiraciones humanas, alimentadas por su voluntad dirigida y por la energía del pensamiento. Por último, creía que la paz sobre la Tierra era un requisito previo para la sobrevivencia planetaria y el proceso contínuo de la evolución espiritual, y exhortó a los hombres, sus compañeros, a que ayudaran a lograr esa paz uniéndose con el lenguaje común de la Belleza y el Conocimiento.
     Nicholas Roerich murió en Kullu, el 13 de diciembre de 1947. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas enterradas en una ladera, frente a las montañas que tanto amó y retrató en muchas de sus casi siete mil obras.

Fuente: Museo Roerich

Para ver sus pinturas clasificadas por años(si pincháis en la parte inferior izda donde pone slideshow, veréis una exposición de diapositivas de sus cuadros): Museo Roerich



 

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